Deusto Journal of Human Rights
Revista Deusto de Derechos Humanos
ISSN 2530-4275
ISSN-e 2603-6002
DOI: https://doi.org/10.18543/djhr
No. 17 Year / Año 2026
DOI: https://doi.org/10.18543/djhr172026
Book reviews / Críticas bibliográficas
Modood, Tariq y Thomas Sealy. 2024. The new governance of religious diversity. Cambridge: Polity Press. 180 p.
doi: https://doi.org/10.18543/djhr.3518
Fecha de publicación en línea: junio de 2026
Tariq Modood, referente del multiculturalismo, y Thomas Sealy proponen en The new governance of religious diversity (2024), una reconfiguración de los vínculos institucionales entre el Estado y la religión. En la gran narrativa sociológica del siglo XX, la “tesis de la secularización” ostentaba un estatus casi dogmático, fundamentada en la premisa de que la modernización de las sociedades conllevaría el inevitable retroceso de la fe hacia la esfera privada y su eventual desvanecimiento como fuerza social. No obstante, la realidad del siglo XXI ha desmentido este supuesto. Fenómenos como la politización de la identidad evangélica en Estados Unidos, el ascenso del Hindutva en la India y la compleja integración de las comunidades musulmanas en Europa demuestran que la religión persiste como una dimensión vibrante, controvertida y determinante de la esfera pública contemporánea.
Para comprender la magnitud de esta propuesta, es imperativo analizar el sustrato epistemológico que Modood y Sealy cuestionan. Los autores sostienen que el secularismo no es un principio universal y ahistórico, sino un conjunto de arreglos políticos contingentes que han sido elevados a la categoría de dogma normativo. Al diseccionar la genealogía del secularismo liberal, la obra revela cómo la exclusión de lo religioso del espacio público no fue un acto de neutralidad, sino una estrategia de pacificación tras las guerras de religión europeas que, con el tiempo, se transformó en una forma de ceguera institucional ante la identidad. Esta ceguera, argumentan, es hoy contraproducente en sociedades donde la pertenencia religiosa es el eje vertebrador de la subjetividad política para millones de ciudadanos.
Es en este contexto donde la obra de Modood y Sealy se erige como una impugnación teórica frente a la rigidez del secularismo liberal. En su lugar, los autores postulan la necesidad de un “secularismo multiculturalizado”. Este modelo de gobernanza preserva la autonomía institucional del Estado, pero exige un compromiso activo con las identidades religiosas, reconociéndolas y acomodándolas bajo la rúbrica de bienes públicos y fuentes de capital ético. En última instancia, el libro aspira a rescatar al secularismo de su propia obsolescencia teórica, proponiendo un marco donde la fe no sea reducida a una cuestión de índole estrictamente personal, sino aprehendida como una característica permanente y legítima del tejido social.
Para comprender la contribución de The new governance of religious diversity, primero hay que entender el objetivo de su crítica. Durante décadas, el modelo dominante de gestión de la diversidad religiosa en Occidente ha sido el “liberalismo político”, ejemplificado por pensadores como John Rawls. Este modelo sugiere que, para que un Estado sea justo, debe ser “ciego” a las diferencias religiosas. Modood y Sealy desmontan este enfoque, argumentando que este modelo de «ceguera» ante la diferencia no es ni preciso ni viable. Postulan que el separatismo estricto, ejemplificado por la laïcité francesa o el muro jeffersoniano, es en realidad una anomalía en el panorama global. Como alternativa, defienden el “secularismo moderado”, un sistema donde el Estado y las organizaciones religiosas mantienen su independencia mutua, pero sin excluir la cooperación, el reconocimiento o el apoyo institucional. Los autores recurren a la realidad europea para demostrar que el vínculo Estado-religión siempre ha existido. En la mayor parte de Europa —Alemania con sus impuestos eclesiásticos, Escandinavia con su herencia luterana e, incluso, el Reino Unido— los Estados nunca han sido estrictamente neutrales. Siempre han tenido una conexión con la religión. El problema, argumentan Modood y Sealy, no es la conexión en sí misma, sino la “exclusividad” de esa conexión.
La tesis más aplaudida del libro, destacada por críticos como Mathew J. Guest, es la necesidad de “multiculturalizar” este secularismo moderado mediante una estrategia de “nivelación hacia arriba”. Esto implica que el Estado no debe retirar el apoyo a las religiones históricas en nombre de la igualdad, sino extender esas mismas prerrogativas —como la financiación de escuelas, capellanías o festividades— a las minorías religiosas. Este enfoque redefine la fe como una fuente de “capital ético público”, instando al Estado a ser “hospitalario” con identidades que, para gran parte del Sur global y las minorías occidentales, constituyen su lente principal a través de la cual ven el mundo.
Modood y Sealy no defienden la religión por sus pretensiones de verdad, sino por su utilidad sociológica y su capacidad de generar cohesión y valores pro-sociales. Al argumentar que las comunidades religiosas poseen reservas de compromiso cívico y redes de apoyo que el Estado secularizado a menudo es incapaz de replicar, los autores sitúan la gobernanza religiosa en el centro de la resiliencia democrática. Esta perspectiva invita a una relectura de las políticas de bienestar, sugiriendo que un Estado que colabora con organizaciones de base religiosa no está necesariamente claudicando ante un dogma, sino optimizando los recursos éticos de su población.
El libro destaca por su propuesta de “contextualismo global”, rechazando la aplicación de un algoritmo único para la gobernanza. Lo que funciona en Londres puede no funcionar en Nueva Delhi o Kuala Lumpur. Al analizar la gobernanza a través de una lente “macrorregional”, admiten que los acuerdos específicos de las relaciones entre el Estado y la religión deben surgir de la historia y la sociología locales. En gran parte del mundo, la distinción entre “religioso” y “secular” no existe de la misma manera que en la Europa posterior a la Ilustración. Al validar el “secularismo moderado”, los autores proporcionan una gramática para que los Estados no occidentales sean modernos y democráticos sin despojarse de su patrimonio religioso. Validan la idea de que un Estado puede tener un carácter religioso (o apoyar a las instituciones religiosas) y seguir tratando a las minorías con dignidad e igualdad, siempre que el proceso de “multiculturalización” sea genuino.
Esta propuesta integracionista ha sido, en gran medida, bien recibida y valorada por su utilidad pragmática. En un mundo en el que la identidad religiosa está resurgiendo, el Estado “ciego” a menudo acaba alienando a las poblaciones religiosas, empujándolas hacia el radicalismo o el aislamiento. El libro ofrece, por ejemplo, una forma de integrar a los musulmanes religiosos de Europa. Al reconocer su identidad y facilitar sus prácticas, el Estado fomenta un sentido de pertenencia. En este sentido, cabe decir que el libro ofrece una corrección necesaria a la “desconfianza secularista” que considera toda expresión religiosa en la esfera pública como una amenaza para la democracia. Modood y Sealy argumentan que las organizaciones religiosas son actores sólidos de la sociedad civil, que proporcionan bienestar, sentido comunitario y referentes de sentido fundamentales. El estado comete un error al ignorar este recurso.
Sin embargo, si bien la crítica ha recibido y celebrado esta obra como un conjunto de herramientas pragmáticas para la era posecular, valorando que la “teoría” del secularismo multiculturalizado es intelectualmente sólida, al mismo tiempo es preciso reconocer que también se enfrenta a un fuerte escrutinio en cuanto a su aplicabilidad en una era de profunda polarización.
Una primera limitación consiste en la suposición de “buena fe” que la propuesta de Modood y Sealy requiere en la práctica. El secularismo multiculturalizado se basa en un enfoque dialógico. Requiere que la mayoría esté dispuesta a compartir el espacio y los recursos, y que las minorías se comprometan de forma constructiva con el Estado. Sin embargo, es imposible obviar que asistimos en la actualidad a una fuerte tendencia global de “polarización afectiva”, en la que los oponentes políticos se consideran enemigos antagónicos.
Cuando la religión es considerada una señal de lealtad a la comunidad propia en lugar de un marco de sentido, la “acomodación” que proponen Modood y Sealy se vuelve imposible. En Estados Unidos, por ejemplo, la derecha cristiana suele considerar el pluralismo no como un objetivo, sino como una amenaza para el alma de la nación. En ese contexto, las propuestas de “multiculturalizar” la esfera pública no son recibidas con hospitalidad, sino con hostilidad.
La segunda limitación, y quizá la más peligrosa, es el riesgo del “nacionalismo mayoritario”. Modood y Sealy sostienen que el Estado puede mantener una conexión con la religión mayoritaria siempre y cuando dé cabida a otras. Consideran que este vínculo histórico es estabilizador desde el punto de vista cultural. Sin embargo, no valoran la profunda toxicidad y el alcance del populismo religioso moderno. Al legitimar la idea de que el Estado “debe” tener un carácter religioso o reflejar la “cultura” de la mayoría, Modood y Sealy pueden, sin darse cuenta, proporcionar una cobertura a los regímenes nacionalistas étnico-religiosos.
El paso de la “multiculturalización”, la parte crucial en la que se integra a las minorías, es fácilmente ignorado por estos regímenes. Si se mantiene el “secularismo moderado” (vínculo entre el Estado y la religión) pero se abandona el “multiculturalismo” (igualdad), lo que queda es una simple supremacía religiosa. Lamentablemente, en muchas partes del mundo, el vínculo entre el Estado y la religión mayoritaria es el principal motor de la opresión de las minorías.
Desde una perspectiva analítica, la obra representa un éxito sociológico notable, en tanto que logra cartografiar la fenomenología religiosa contemporánea con rigurosidad. Los autores demuestran que la estricta laicidad estatal es, en gran medida, una construcción teórica más que una realidad; la persistencia de las identidades confesionales desmiente el mito del “muro de separación”. Al sistematizar las diversas variantes del laicismo, Modood y Sealy ofrecen una taxonomía esencial que guarda una mayor correspondencia con la realidad social que las abstracciones normativas de la filosofía política liberal clásica. Esta taxonomía se enriquece mediante un enfoque macrorregional que constituye uno de los mayores aciertos del libro. A diferencia de otros tratados que se limitan al eje transatlántico, Modood y Sealy dialogan con las experiencias de gobernanza en el sudeste asiático y Oriente Medio, reconociendo que la modernidad política no tiene un único centro de gravedad. Al hacerlo, descolonizan el concepto de secularismo, permitiendo que naciones con mayorías religiosas robustas —como Indonesia o Marruecos— puedan ser evaluadas bajo estándares de inclusión y pluralismo sin exigirles una ruptura traumática con su herencia confesional.
No obstante, en su vertiente normativa, el texto adolece de un optimismo profundamente anclado en la tradición británica. El arquetipo de éxito que subyace a su argumentación es el modelo del Reino Unido, caracterizado por una Iglesia oficial de ejercicio blando y una financiación estatal pragmática de instituciones educativas de diversas confesiones.
El principal interrogante radica en la transferibilidad de dicho modelo a otros contextos. El modelo de gobernanza británico descansa sobre una institución eclesiástica mayoritaria cuya influencia política es reducida y que muestra disposición a la redistribución de sus privilegios históricos. Por el contrario, en escenarios donde la religión mayoritaria se manifiesta de forma asertiva, identitaria y defensiva, la estrategia de “nivelación” resulta inoperante. En estos contextos, cualquier avance en el reconocimiento de las minorías es percibido por la mayoría como una amenaza. Aquí radica una de las tensiones no resueltas de la obra: el conflicto entre el reconocimiento multicultural y la estabilidad democrática. Si bien la “nivelación hacia arriba” es éticamente superior a la exclusión, en la práctica política puede alimentar la narrativa victimista de las mayorías que sienten que su “estatuto privilegiado” está siendo desmantelado en favor de minorías “foráneas”. El libro se beneficia de un análisis profundo sobre cómo el reconocimiento institucional puede, paradójicamente, exacerbar las ansiedades mayoritarias si no va acompañado de una pedagogía ciudadana robusta.
Pese al valor del “marco contextual” propuesto, los autores parecen estar infravalorando la función protectora del secularismo estricto —incluida la laïcité francesa— como salvaguarda frente a la tiranía de las mayorías. Al desplazar el principio de separación jurídica en favor de una noción de “hospitalidad” estatal, la seguridad de los grupos minoritarios queda supeditada a la benevolencia del actor institucional dominante. Ante una eventual deriva hostil del Estado, las minorías quedarían desprovistas de una estructura legal infranqueable que garantice su protección. En este sentido, la propuesta de Modood y Sealy requiere una confianza en la integridad de las instituciones estatales que hoy se encuentra en mínimos históricos.
A pesar de estas importantes salvedades, The new governance of religious diversity es un texto fundamental. Su mayor virtud es su realismo con respecto a la persistencia de la religión. Obliga a los responsables políticos a dejar de desear que la religión desaparezca y a empezar a gestionarla como una característica permanente del panorama social. El libro ofrece un lenguaje sofisticado para la “gobernanza”, desplazando el foco de las abstracciones constitucionales a los aspectos prácticos de cómo las escuelas, los hospitales y los ayuntamientos interactúan con las comunidades religiosas.
Las críticas relativas a la polarización y al mayoritarismo no invalidan la propuesta desarrollada en el libro. Modood y Sealy han argumentado con éxito “por qué” debemos avanzar hacia un secularismo multiculturalizado. El reto pendiente es “cómo” lograrlo en un mundo en el que la voluntad política para el multiculturalismo se está erosionando rápidamente[1].
Cristina de la Cruz-Ayuso
Universidad de Deusto
[1] Este trabajo ha sido realizado en el marco del Proyecto de Investigación de Generación de Conocimiento “Diversidad religiosa y convivencia democrática: análisis y propuestas para las políticas municipales” (referencia PID2023-149877NB-100), subvencionado por la Agencia Estatal de Investigación (Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades).
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